En la Antártica, no todo se decide desde el laboratorio.
Hay momentos en que el viento obliga a detener una operación, el hielo impide avanzar o un instrumento simplemente no puede usarse. Esas restricciones rara vez aparecen en los resultados finales, pero atraviesan cada jornada de trabajo.
Con el paso de los días, se vuelve evidente que el terreno no solo condiciona lo que se puede medir. También define cómo se trabaja, cómo se organiza el tiempo y cómo se convive. La ciencia aquí no ocurre en abstracto: ocurre dentro de un sistema que impone ritmos, límites y prioridades propias.
En esta campaña, quienes estuvimos directamente involucradas en el trabajo de muestreo fuimos mujeres. No como algo planificado, sino como una coincidencia significativa en una campaña en la que mujeres con trayectorias distintas compartían el mismo trabajo y el mismo objetivo.

Éramos dos a bordo. Una, con años de experiencia en microbiología antártica, acostumbrada a moverse entre la investigación, el terreno, la gestión y la coordinación de proyectos. Y Nayla, en pleno doctorado, aprendiendo a leer el océano mientras lo mide, con una atención rigurosa a cada paso del trabajo de laboratorio.
En tanto que, desde la distancia, Léa cuidaba la coherencia científica y el diseño del trabajo mientras nosotras ejecutábamos cada decisión en terreno.
Trayectorias distintas, momentos distintos, un mismo objetivo compartido.
En el terreno, esas trayectorias se aplanan. La Antártica no opera con cargos ni jerarquías, sino con cuerpos disponibles, atención constante y capacidad de adaptación.
Durante esta campaña, muchas de nuestras tareas fueron las más básicas y necesarias para que todo funcionara: cargar bidones, montar líneas, filtrar durante horas, ajustar las rutinas al ritmo del muestreo.
No como un gesto simbólico, sino porque así funciona el trabajo en terreno cuando lo importante es que las muestras salgan bien. Aquí, la ciencia se sostiene en el trabajo compartido.
Ese hacer ocurre en una cotidianidad particular: días largos, turnos que se superponen, cansancio acumulado, ventanas breves para aprovechar el agua disponible.

En esos días, mientras se conmemora el Día Internacional de la Mujer, y desde la investigación antártica se habla de mujeres en la ciencia, la rutina a bordo sigue su curso. El océano continuaba pasando bajo el barco, los instrumentos mantenían sus mediciones, y las muestras seguían acumulándose.
Entre tubos, mangueras y turnos, empezaron a llegar mensajes pidiendo palabras para niñas y jóvenes interesadas en la ciencia. No llegaron como una consigna ni como una obligación, sino como preguntas abiertas.
Respondimos desde donde estábamos, contando que la ciencia también se hace así: con frío, con cansancio, con dudas, con trabajo compartido. No como un gesto excepcional, sino como parte de una práctica cotidiana que se construye en equipo, en condiciones que rara vez aparecen en las imágenes más visibles de la ciencia.
Habitar la Antártica no es solo estar allí. Es aceptar sus ritmos, sus límites y sus exigencias. Es entender que el conocimiento no se extrae intacto, sino que se construye en interacción con el lugar y quienes lo recorren.

Y todavía faltaba un paso…
Todo lo vivido —las decisiones, los desvíos, los cuerpos cansados, las muestras cuidadosamente preservadas— aún no dicen mucho por sí solas. Recién cuando volvamos a tierra, a Santiago, cuando el océano deje de ser experiencia y empiece a transformarse en relaciones, patrones y sistemas, comenzará otra etapa de nuestro viaje.
Pero, por ahora, nuestra expedición sigue su curso entre glaciares y entornos despampanantes.