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Ozempic se consigue en Instagram, no en la consulta: la abundancia de fármacos adelgazantes ha llegado a España | Salud y bienestar

Pongamos que se llama Elena y que pesa 90 kilos. La imprecisión de estos datos no cambia lo valioso de su relato. Esta mujer, que no quiere dar su nombre real, llevaba 20 de sus 50 años sin subirse a una báscula. Sabía, no hacía falta un número para saberlo, que estaba clínicamente obesa, pero lo había aceptado. Un día, mirando Instagram, le salió un anuncio de una plataforma que vendía Mounjaro. “Pude volver a hacerlo sin apagar la luz”, decía. Lo ignoró. “Pude subir en un avión sin pedir un extensor de cinturón”, insistió un segundo anuncio. Vale. “Pude volver a atarme los zapatos”, rezaba un tercero. Pinchó. La publicación le llevó a una página web, rellenó un formulario, mandó unas fotos y pagó unos 30 euros. A los pocos días, obtuvo una receta médica que le autorizaba a comprar este fármaco adelgazante. Fue su pasaporte a una vida nueva. “El cambio ha sido radical”, dice al otro lado del teléfono. “Estoy feliz”. En cuatro meses, ha adelgazado lo que no pudo adelgazar en años. No sabe cuánto exactamente, pero calcula que más de 10 kilos. Se ha puesto un entrenador personal y ya ha vuelto al médico. También planea el reto más difícil: volver a subirse a la báscula.

El caso de Elena representa muy bien el cambio de paradigma que se ha dado en los últimos meses con los fármacos adelgazantes. Se ha pasado del desabastecimiento generalizado a la abundancia total. Ya no son solo los actores de Hollywood los que parecen menguar con cada nueva aparición. Son los compañeros de trabajo, amigos y familiares. Los fármacos se anuncian en las marquesinas de los autobuses, inundan las redes sociales. Conseguir una receta ha dejado de ser complicado. Cualquier persona con sobrepeso puede obtenerla con un par de clics y una videoconsulta. El seguimiento se realiza mediante mails periódicos con la empresa que lo suministra.

“Creo que es irresponsable”, lamenta Andreea Ciudin, endocrina del Hospital Vall d’Hebron que ha participado en varios ensayos clínicos con este tipo de fármacos. Ella valora de forma positiva que gente como Elena pueda acceder a unos medicamentos cada vez más comunes, pero lamenta que la abundancia se convierta en descontrol. “No se trata solo de hacer la receta, sino de hacer un seguimiento con la persona, saber qué dosis puede tener y ajustarla”, denuncia. En cualquier caso, es una realidad que ya está aquí y que parece imparable.

En 2024, se dispensaron más de 4,8 millones de envases de Ozempic, Wegovy y Mounjaro (las tres marcas disponibles) en España, según datos de la consultora IQVIA. Esto equivaldría a algo menos de 400.000 personas en tratamiento. Las cifras actuales deben ser mucho más elevadas, pero estamos aún lejos de Estados Unidos, principal mercado de estos medicamentos. Allí, el 12% de la población está en tratamiento, una cifra que se ha duplicado en el último año. Nos dirigimos a esa situación y las dudas que plantea son numerosas. ¿Cómo cambiará esto nuestra relación con la comida? ¿Cómo se está adaptando la industria alimentaria? ¿Y los sistemas sanitarios?

Para entender cómo funcionan estos medicamentos, hay que empezar poniendo el foco en el intestino. “Cada vez que comemos, cuando la comida toca la mucosa del tubo digestivo, un cuerpo sano libera hormonas que actúan a nivel cerebral para regular el apetito”, explica Ciudin. La más conocida es el GLP-1, pero también están el GIP, el glucagón, la amilina o el péptido YY. Las personas con obesidad no generan estas hormonas, o no en la cantidad suficiente. Por eso, su cerebro no procesa que están llenas y siguen comiendo. Los fármacos adelgazantes hacen de sucedáneo inyectable, imitan el efecto de algunas de esas moléculas naturales de forma artificial.

La industria ha emprendido una loca (y lucrativa) carrera para crear copias farmacológicas de estas moléculas. La primera en conseguirlo fue la semaglutida (con nombres comerciales como Ozempic), que imitaba una sola molécula: el GLP-1. La tirzepatida (la marca más conocida es Mounjaro) es un doble agonista, copia el GLP1 y el GIP. En la actualidad, se está investigando la retatrutida, un triple agonista que, además de estas dos partículas, también imita la acción del glucagón. Los resultados son sorprendentes. El Ozempic suponía una pérdida del 15% del peso corporal. Este nuevo compuesto llega a cuotas de hasta el 30%.

Esto está haciendo que cada vez más gente responda a los medicamentos. Según algunos estudios, cerca del 13% de los usuarios no conseguía adelgazar con la semaglutida, pero este porcentaje va bajando a medida que se comercializan nuevas composiciones. “Igual es que esa persona no respondía porque no tuviera ningún problema con la hormona GLP-1 en concreto”, señala Ciudin. “Puede que tuviera una alteración en el péptido YY, en el GIP o en la amilina”.

Otra de las novedades farmacológicas más interesantes es la aparición de pastillas. En España ya se comercializa Rybelsus, pero tiene un pequeño problema. “Solo se absorbe y pasa a la sangre un 2%, que es muy poco”, señala Ciudin. Pero esta es la primera generación de pastillas. Van a llegar más. De aquí a unos meses, se comercializará el Orforglipron. “Siguen sin ser tan potentes como los inyectables, pero no siempre necesitas una alta potencia. Se podrán usar para mantenimiento, o para empezar”, advierte la experta.

Elena lo cuenta desde el otro lado, el de la experiencia personal. A ella le costó dar el paso a usar estos medicamentos por el miedo a las agujas. “Creo que a mucha gente le frena eso”, añade. Ese temor ayuda a explicar por qué la llegada de las pastillas al mercado genera tanta atención.

En los últimos meses, crece la sensación de que la gente alrededor está menguando. Personas obesas lucen una figura esbelta, gente con tendencia al sobrepeso empieza un irreversible camino inverso. La gran pregunta es si estos cambios individuales acabarán traduciéndose en un cambio de tendencia poblacional. Durante años, los más reputados epidemiólogos han señalado que el uso masivo de Ozempic y similares podría poner freno a la pandemia de obesidad. Después de varios años de uso, se puede empezar a estudiar este fenómeno.

Según la Organización Mundial de la Salud, 2.500 millones de adultos (el 43% de la población adulta mundial) tienen sobrepeso y, de ellos, 890 millones (el 16% del total de adultos) viven con obesidad. Los datos se han triplicado desde 1975.

Pero esta tendencia parece estar frenándose; incluso ha llegado a bajar ligeramente en Estados Unidos. Según la encuestadora Gallup, tras alcanzar un máximo del 39,9% de obesidad adulta en 2022, la tasa descendió hasta el 37,0% en 2025. “Es demasiado pronto para determinar si estos datos representan una nueva tendencia o simplemente un hecho aislado”, concluyó un análisis científico publicado en la revista JAMA Network.

Su autor, el epidemiólogo de la Universidad de Michigan Anand Parekh, matiza esa cautela en un intercambio de mensajes. “Es probable que los GLP-1 estén haciendo adelgazar a muchas personas, pero que aún se consideren obesas según el índice de masa corporal, que es la forma en la que medimos la obesidad”, señala. También puede ser que el dinero (no es barato, Elena paga 230 euros al mes) esté ejerciendo de barrera de clase. La cuestión es qué ocurrirá a largo plazo.

Parekh es optimista, pero recuerda que no podemos fiar todo a un parche médico cuando el problema es ambiental. “Creo firmemente que una nutrición adecuada será tan importante para la obesidad como las intervenciones farmacológicas. En ese aspecto, España está muy por delante de Estados Unidos”, apunta.

Vivimos en un mundo obesogénico, pero este también está mutando, adaptándose al efecto Ozempic. Tomar estos medicamentos puede hacer que una persona coma hasta un 40% menos y reduzca entre un 3% y un 5% su gasto en alimentación. Millones de personas con tendencia a la alimentación expansiva se están volviendo, de la noche a la mañana, frugales y comedidas. Y esto tiene cierto impacto. Adelgazan los cuerpos, pero también los beneficios de las multinacionales.

En el sector hablan de la lucha por la “cuota de estómago”: si el consumidor tiene menos hambre, cada alimento en su menguante dieta se vuelve más valioso. Nestlé ha lanzado en Estados Unidos una línea de platos pensados para usuarios de estos fármacos. La empresa de congelados Conagra etiqueta ya comidas “GLP‑1 friendly”. Igual que en los años noventa las cadenas de comida rápida lanzaron sus menús XL, ahora están presentando menús XS, como ya ha hecho Subway.

“Las personas que siguen un tratamiento con agonistas del GLP-1 ya se consideran un nuevo nicho de mercado”, explica Beatriz Robles, tecnóloga de alimentos y autora, junto a Laura Caorsi, del pódcast A la guerra con una cuchara. Lo que podría parecer una amenaza para la industria alimentaria se intenta transformar en una nueva oportunidad de negocio. Cuando una persona está en tratamiento con Ozempic o similares, “no solo tiene menos hambre, sino que también siente menor placer ante la comida, especialmente ante aquella más calórica”, señala la experta.

Esto supone una amenaza directa a los productos alimentarios sobre los que han erigido una potente industria. No lo sufre tanto el pescadero o el frutero, sino los grandes conglomerados empresariales que crean ultraprocesados. Pero estos han tomado nota y se están adaptando. “No hay una reducción de consumo, sino un desplazamiento del eje”, apunta Robles. “Y hay que hacer una reflexión, porque este tipo de productos específicos no son necesarios para las personas que están en tratamiento con agonistas del GLP-1: su aparición responde a una necesidad más comercial que clínica”.

Pero los cambios más revolucionarios no se dan en el mercado. Se dan en nuestra cabeza. La psiquiatra estadounidense Nora Volkow fue una de las primeras investigadoras en comparar la adicción a la comida con la adicción a ciertas drogas, hace casi 30 años. “Veíamos en neuroimagen que se iluminaban las mismas zonas del cerebro, comprobábamos que los adictos tenían comportamientos muy similares”, explica en videollamada. “Parecía lógico”. A sus colegas no se lo pareció. Durante años, Volkow fue tildada de exagerada.

Hoy es la directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos y una de las mayores expertas en los mecanismos neuronales de las adicciones. Según sus investigaciones, estos fármacos están revelando algo más profundo que una simple pérdida de apetito. “Atenúan la respuesta del sistema de recompensa del cerebro”, explica. “Reducen la activación de las neuronas dopaminérgicas ante estímulos muy reforzadores, como la comida altamente calórica”.

Ese sistema, subraya, es el mismo que activan sustancias como la cocaína, la nicotina o el alcohol. “No tenemos un circuito para las drogas y otro para la comida: es el mismo”. Por eso estos medicamentos han abierto la puerta a tratar otras adicciones como el alcoholismo.

La dopamina no produce solo placer; también empuja a actuar, a buscar aquello que el cerebro ha aprendido a valorar como especialmente reforzador. De ahí que los nuevos fármacos hayan explicado algo que millones de personas describían desde hace años de una manera intuitiva.

Muchas personas obesas hablan de pensamientos incesantes sobre la comida: qué van a comer, cuánto, cuándo, qué evitar, cómo compensarlo después… Ese zumbido de fondo ha adquirido protagonismo solo ahora, solo cuando ha desaparecido. Se llama food noise, “ruido de la comida”. Los investigadores que desarrollaban fármacos contra la obesidad no usaban ese término, pero quienes empezaron a tomarlos sí. Una y otra vez repetían la misma idea: desde que tenían uso de razón, ese ruido los acompañaba, aunque creían que era algo normal, que le pasaba a todo el mundo. Solo cuando se apagó entendieron que no era así. “Bua, es que total, yo recuerdo exactamente el día que dejé de sentirlo”, explica Elena. “Empecé un domingo, y estaba… quizá era jueves. Estaba comiendo y de repente no me apetecía. Dejé de pensar en comida, fue una liberación”.

Volkow ofrece una explicación biológica para esa experiencia. “Cuando este sistema está hiperactivo, sientes una motivación constante a buscar comida”, dice. “Es una señal interna que te empuja a actuar”. El éxito masivo de estos medicamentos está revelando así cosas que no sabíamos, no solo sobre la biología de la obesidad, sino también sobre cómo funcionan las adicciones, hasta qué punto el cerebro puede sabotear la voluntad y cómo un impulso puede convertirse en un pensamiento recurrente, insistente, difícil de silenciar.

Ahí aparece, de nuevo, el límite de la solución farmacológica.

Para Volkow, sería un error pensar que un conjunto de inyecciones resolverá por sí solo un problema que también fabrica el entorno. “Estamos constantemente expuestos a alimentos altamente atractivos que activan el deseo incluso cuando no tenemos hambre”, advierte. La industria alimentaria, dice, ha aprendido a maximizar el componente placentero y adictivo de la comida combinando azúcar, grasa, sal y textura para volver algunos productos extraordinariamente reforzadores. “Pensar que vamos a resolver la obesidad solo con medicamentos no tiene sentido. Es tratar con fármacos algo que al mismo tiempo estamos promoviendo como sociedad”.

Por mucho que las personas obesas estén en tratamiento, se mueven en un mundo obesogénico, en una sociedad sedentaria. En el momento en el que les quiten el parche farmacológico, volverán a caer. Es como invitar a un exalcohólico a una fiesta con barra libre. Por eso, todos los expertos consultados coinciden en señalar que estas son herramientas útiles, pero que por sí solas no cambiarán nada. El mejor ejemplo lo ofrece Estados Unidos, donde su uso es hasta diez veces más común que en España y la prevalencia de la obesidad es 2,6 veces superior.

Estos datos demuestran que un problema tan complejo no tiene una solución simple. Los fármacos antiobesidad se venden como un milagro, pero tienen limitaciones. Siguen existiendo efectos secundarios, abandonos, usos frívolos, prescripción laxa, barreras económicas y el riesgo de que su popularización agrave la presión estética. Pero sí marcan un cambio de época. No porque hayan derrotado la obesidad, sino porque han desmontado algunas ideas que parecían inamovibles sobre esta, la fuerza de voluntad y el fallo moral. Elena lo resume con una idea sencilla, que quizá explica mejor que cualquier paper la dimensión del cambio: “De repente no me apetecía comer. Es lo mejor que me ha pasado en la vida”.

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