Un día después de una pérdida de conocimiento en el trabajo, tras un electrocardiograma que no pintaba bien y varias pruebas en el hospital, el médico le dijo a María Lillo: “Deberías estar muerta. Te voy a poner un DAI [un desfibrilador implantable] y no vas a poder tener hijos”. Lo cuenta desde su casa de Valencia mientras está pendiente de Ona, su bebé de tres meses, y con un corazón latiendo en su pecho que era de otra persona.
Trasplantaron a María en marzo de 2017, cuando tenía 30 años. Lo que le habían descubierto era una enfermedad cardíaca congénita: en concreto, una miocardiopatía arritmogénica en el ventrículo izquierdo que puso su vida al límite. Hasta el punto de recibir ECMO, una técnica de reanimación extracorpórea para casos críticos, y pasar la lista de espera en el nivel 0A, la máxima urgencia: cuando al paciente le corresponde el primer órgano compatible que haya disponible en España.
El trasplante de corazón y el embarazo siempre ha sido una combinación complicada. Durante muchos años, los médicos desaconsejaban a las mujeres que habían recibido uno que se quedaran preñadas. Pero casos salpicados en todo el mundo fueron demostrando que, bajo ciertas circunstancias, no era incompatible.
El primer estudio en España sobre el tema fue presentado en mayo en el Congreso de la Sociedad Española de Trasplante. Julia Martínez Solé, cardióloga de María y coordinadora de la investigación, explica que, “desde el punto de vista obstétrico, los resultados son alentadores”. No se registraron muertes fetales ni malformaciones congénitas, y la mitad de los partos fueron vaginales, con una media de 38 semanas de gestación, dos menos que un embarazo a término.
En el análisis recogieron todas las gestaciones trasplantadas cardíacas en ocho hospitales de referencia desde 2002: un total de 16 embarazos en 14 mujeres. Las complicaciones que encontraron fueron tasas de prematuridad y bajo peso al nacer superiores a la población general, en línea con lo descrito en series internacionales.
También observaron un 12,5% de preeclampsia, una complicación grave del embarazo que suele aparecer después de la 20.ª semana de gestación, que se caracteriza por el aumento repentino de la presión arterial y signos de daño en otros órganos, como los riñones o el hígado, y que puede poner en riesgo la vida de la madre y el feto.
“El perfil de estas mujeres es revelador. La edad media al parto fue de 34 años, y la causa más frecuente de trasplante fue una cardiopatía congénita, presente en casi el 43% de los casos. Son mujeres que llevan conviviendo con una enfermedad cardíaca desde el nacimiento, que se trasplantaron siendo jóvenes y que han crecido con el deseo legítimo de ser madres”, relata Martínez Solé.
María fue una de esas 14 madres. En su caso, el embarazo fue completamente normal, aunque se hizo bajo el estricto seguimiento que requiere la gestación en una mujer trasplantada de corazón, que incluye un chequeo cada mes para comprobar que las analíticas, los electrocardiogramas y los ecocardiogramas fueran bien.
La decisión, en su caso, no fue improvisada, así que avisó a su equipo médico antes de quedarse encinta, algo muy recomendable en estos casos para iniciar el seguimiento y las dosis de los tratamientos. También sabía que su enfermedad tenía una carga genética importante, con una transmisión del 50%, por lo que se decantó por una gestación in vitro para seleccionar los embriones libres de la enfermedad.
Antes de intentarlo, cardiología le cambió la medicación. Martínez Solé insiste en que este punto es esencial: “Siempre es importante que nos avisen con antelación, para poder hacer estos ajustes de tratamiento”. El inmunosupresor que tomaba es incompatible con el embarazo por su potencial teratogénico, es decir, que puede causar anomalías congénitas en el feto, y porque aumenta el riesgo de aborto. “Los casos en los que se ha planificado bien el embarazo han ido significativamente mejor”, señala la cardióloga.
El estudio también lo refleja. El 69% de las gestaciones fueron planificadas, pero un porcentaje relevante de mujeres tenía antecedentes que añadían complejidad: un 36% había sufrido abortos previos y el mismo porcentaje presentaba hipertensión arterial crónica; un 29% tenía enfermedad renal crónica y un 7%, diabetes.
María encajaba en el perfil más favorable. Habían pasado varios años desde el trasplante, no había tenido rechazos recientes y sus chequeos eran buenos. “Siempre que iba a las revisiones, que son cada seis meses en cardiología, me decían que estaba bien”, cuenta. Aun así, su embarazo nunca dejó de considerarse de alto riesgo. Durante la gestación, el cuerpo cambia el volumen sanguíneo y puede alterar los niveles de los fármacos que evitan el rechazo del órgano trasplantado. “Cuando empieza a crecer el bebé, la paciente tiene más volumen y el fármaco se puede diluir”, resume Martínez Solé. Por eso hacen falta controles estrechos: para ajustar dosis, vigilar que el injerto no sufra y anticiparse a cualquier señal de alarma.
En María, esas señales no aparecieron. “Todo fue bien. Seguí trabajando hasta la semana 34, hice deporte durante todo el embarazo. Creo que engordé 10 kilos. No tuve ningún problema”, dice. La cesárea no se decidió por el trasplante, sino por un mioma situado en el canal del parto.
Tendrá que seguir con las revisiones. El 25% de los embarazos que se estudiaron se asoció a algún episodio de rechazo cardíaco durante o después del embarazo, en la mayoría de los casos manejable. También se observaron en algunas pacientes complicaciones tardías del injerto, incluida progresión de la enfermedad vascular, una de las principales amenazas a largo plazo en los trasplantes de corazón. Martínez Solé es cauta: no puede establecerse todavía una relación causal directa con el embarazo, pero sí una señal suficiente para no bajar la guardia tras el parto.
Ona tiene ahora tres meses. María está en casa, de baja de maternidad, pendiente de una niña que “está muy bien” y con una vida que durante años le habían presentado como improbable. Este estudio servirá para que los médicos eviten esa recomendación que se hacía casi automáticamente a las trasplantadas para que no tuvieran hijos.