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Gabriella Conti, economista: “La caída de ingresos de una mujer con menopausia puede llegar al 20%”

 

Gabriella Conti, economista del University College de Londres, lleva años investigando algo de lo que todavía existe escasísima evidencia científica: el coste económico de la menopausia. Este periodo biológico de las mujeres ocurre entre sus 45 y 55 años, cuando muchas de ellas están en lo más alto de su carrera profesional. Y, según explicó Conti en una conferencia reciente en la Fundación Areces de Madrid, la menopausia puede afectar a múltiples dimensiones de la vida. Los costes económicos incluyen la incapacidad temporal para trabajar con la misma productividad que antes, la sobremedicación por motivos psicológicos y el mayor uso de los servicios sanitarios. Y si la mujer abandona el mercado laboral, se convierte en una carga adicional para la Seguridad Social. Todas las mujeres pasarán antes o después, y de forma más o menos problemática, por la menopausia. Sin embargo, esta es una dimensión que no ha interesado a los economistas. Hasta ahora.

Esta napolitana de 49 años documentó el coste económico de la transición menopáusica en un estudio pionero publicado en 2022. Sus datos, obtenidos de registros administrativos de Noruega y Suecia, revelan que las mujeres pierden hasta un 20% de sus ingresos en los cuatro años posteriores al diagnóstico, una penalización comparable a la de la maternidad, y que la causa no es solo biológica: el entorno laboral y el sistema sanitario determinan cómo de grande es el daño económico que se produce. Conti habló con EL PAÍS antes de su conferencia, en la que también presentó uno de sus hallazgos más sorprendentes: un programa de televisión sobre menopausia emitido en Suecia en 2018 aumentó los diagnósticos y, después, los sueldos de las mujeres. La información, concluye, puede ser la mejor política pública.

P. ¿Cómo llegó usted a estudiar la menopausia desde la economía? Es un cruce disciplinar bastante inusual.

R. Soy economista de la salud y gran parte de mi trabajo se había centrado en qué ocurre con las mujeres en el periodo previo a la concepción y, luego, cuando tienen niños, sobre todo en los años preescolares. Y me di cuenta de que todo el mundo estudiaba la penalización de la maternidad, pero eso es solo el principio del ciclo reproductivo. Hay muchas mujeres que se mantienen en el mercado laboral o regresan a él después de criar a sus hijos, que están en la cima de sus carreras y aspiran a ascensos. Y sin embargo, no había prácticamente ningún estudio sobre los aspectos económicos del final de ese ciclo. De hecho, cuando empecé a estudiarlo, no podía creer que no hubiera más investigación al respecto. Parte de la respuesta es que, cuando empecé a buscar datos, vi que es un tema extraordinariamente difícil de investigar. En muchos conjuntos de datos de varios países no hay ni una sola pregunta sobre el periodo menstrual de las mujeres ni sobre cuándo termina. Lo que realmente necesitas no es solo saber cuándo llegó la menopausia, sino entender toda la transición, porque muchos de los problemas comienzan antes, en la perimenopausia, cuando los periodos se vuelven irregulares y las hormonas fluctúan. Es un poco como la pubertad: las hormonas van por todas partes. Pero en la mayoría de los países no hay ningún registro de atención primaria que recoja si una mujer es menopáusica. Los médicos simplemente no lo preguntan de forma sistemática. La única información disponible la encontramos en los registros escandinavos y es lo que llamamos el diagnóstico clínico: cuando los síntomas son lo suficientemente graves como para que la mujer vaya al médico y el médico lo registre. Y eso fue lo que usamos.

P. ¿Y cuáles son las conclusiones fundamentales de ese estudio?

R. Lo principal es que la menopausia afecta a múltiples dimensiones de la vida de la mujer. Primero vemos un aumento breve pero claro de las visitas al médico, con pruebas más costosas, más derivaciones a especialistas. Se les prescriben más medicamentos, entre ellos, como era de esperar, terapia hormonal, pero también antidepresivos, y eso merece otra conversación, y fármacos cardiovasculares. Y luego, en el mercado laboral, vemos una caída de los ingresos del 7,4% a lo largo de los cuatro años posteriores al diagnóstico. En los casos más graves puede llegar al 20%. Aumentan también las bajas médicas y la probabilidad de solicitar prestaciones por incapacidad. Y lo que parece ocurrir es que las mujeres van saliendo gradualmente del mercado laboral: primero reducen jornada, después aumentan los ingresos por discapacidad, y probablemente terminen en una jubilación anticipada, aunque todavía no tenemos datos suficientes para confirmarlo.

P. Menciona usted los antidepresivos. ¿Están los médicos recetando estos fármacos para síntomas que deberían tratarse con otros medicamentos?

R. Es una pregunta muy importante, y nos sorprendió a todos cuando vimos los datos. El aumento de prescripciones de antidepresivos es persistente, mientras que el uso de terapia hormonal es más variable: algunas mujeres la prueban, pero no la mantienen. No soy médico, pero sí puedo decir que existe bastante controversia en la literatura científica. Algunos especialistas defienden que la terapia hormonal tiene buenas evidencias para los síntomas vasomotores, como los sofocos, pero no para las afecciones de salud mental. Otros dicen que funciona para todo. Lo cierto es que hay síntomas menopáusicos que se parecen mucho a la depresión, como la fatiga, el insomnio o los cambios de humor, y eso probablemente lleva a algunos médicos a prescribir antidepresivos. Hasta qué punto eso es adecuado o no depende de cada mujer y de cada médico, pero creo que ahí hay mucho margen de mejora.

P. El hallazgo del programa de televisión sueco es uno de los más llamativos de su investigación. ¿Qué nos dice sobre el poder de la información?

R. Es uno de los resultados que más me entusiasma. En octubre de 2018 se emitió en un canal público sueco un programa sobre menopausia, donde iban celebridades, médicos y mujeres que hablaban de sus experiencias, síntomas y tratamientos. Era simplemente información, presentada de una manera que todo el mundo pudiera entender. Lo que ocurrió esa semana fue que las búsquedas de “menopausia” en Google se dispararon, las mujeres fueron al médico, hubo un 30% más de diagnósticos en la semana siguiente a la emisión y un 50% más de mujeres iniciaron terapia hormonal en los tres meses posteriores. Y lo más importante: tres años después, las mujeres que vieron el programa tenían hasta un 10% más de ingresos. Lo que me parece especialmente relevante es que esos beneficios se concentraron en las mujeres con menos educación, que son precisamente las que más sufren la penalización y las que tenían menos acceso a información de partida. Así que fue también una intervención de equidad.

P. Hay un estudio español de EADA del año pasado que muestra que el 53% de las mujeres nunca habla de sus síntomas en el trabajo porque no se sienten seguras. ¿Es el estigma uno de los principales obstáculos?

R. Sí, definitivamente. Todavía hay estigma en torno al tema en muchos entornos laborales. Recuerdo que la primera vez que di una conferencia sobre esto en un congreso de recursos humanos conocí a una abogada que defendía a mujeres que habían sido despedidas, en su opinión, por discriminación relacionada con la menopausia. En ese momento me sorprendió. Ahora, si miramos los datos, cada vez hay más mujeres que ganan estos casos de despido improcedente, lo que refleja un cambio en la percepción de qué es aceptable en el lugar de trabajo. Creo que esto es un poco como lo que ocurrió con la salud mental. Hace no tanto tiempo, era un tabú absoluto. No podías mencionarlo en el trabajo. Ahora, al menos en muchos países, hay días de salud mental y bajas por ese motivo, sin que esas personas sean juzgadas. La menopausia probablemente necesite ese mismo cambio cultural. Y para eso hace falta presión, impulso sostenido, y que las instituciones, políticas y empresariales, también hagan su parte.

P. En su estudio se indica también que las mujeres más perjudicadas son las no universitarias, lo cual demuestra de nuevo que este no es solo un problema biológico…

R. Y tampoco es solo un problema de acceso a la información. En muchos países, para ver a un buen ginecólogo especializado en menopausia hay que irse al sector privado, y esa es exactamente el tipo de desigualdad que nos preocupa. Dependes de las creencias del médico de cabecera que te toque. Y si ese médico tiene dudas sobre la terapia hormonal o directamente cree que es peligrosa, no te la va a ofrecer. Y eso no está determinado por tu situación clínica, sino por tu suerte geográfica y económica.

P. ¿Qué pueden hacer las empresas sobre este asunto?

R. Lo que vemos en los datos es claro: las mujeres que trabajan en el sector público o en empresas grandes tienen una penalización menor, probablemente porque ya tienen algún tipo de apoyo en marcha. Pero la evidencia sobre qué medidas concretas funcionan mejor sigue siendo limitada. Sabemos que algunas de las medidas a poner en marcha incluyen formación a directivos, grupos de apoyo, terapia cognitivo-conductual, trabajo flexible… Pero esta evidencia, en su mayoría, está basada en estudios pequeños y poco representativos. Lo que me preocupa es que, si el gobierno da a los empleadores una lista de posibles medidas, la empresa va a elegir la más barata, no necesariamente la más efectiva. Lo que necesitamos es un estudio riguroso a gran escala que diga: estas son las combinaciones que funcionan. Porque no se puede actuar solo en una dimensión. Puedes dar a una mujer acceso a terapia cognitiva y crear un grupo de apoyo, pero si todavía no puede levantarse y salir de la sala cuando tiene un sofoco porque teme el estigma, nada de eso va a funcionar.

P. ¿Hay riesgo de medicalizar en exceso un proceso natural?

R. Es una tensión real. Lo que yo defiendo no es medicalizar la menopausia, sino dar a cada mujer la mejor información disponible para que pueda tomar sus propias decisiones. No todas las mujeres necesitan terapia hormonal. Hay mujeres con muy pocos síntomas para las que la transición es simplemente eso, una transición. Pero las que tienen síntomas graves merecen tener acceso a información basada en evidencia, no en miedos heredados del estudio de 2002 ni en opiniones de blogueros. El objetivo final es que las mujeres puedan envejecer con la mejor calidad de vida posible. Eso es todo.

P. ¿Qué es lo siguiente en su investigación?

R. Estamos con varias cosas a la vez. Por un lado, queremos cuantificar la penalización en tantos países como podamos; tenemos trabajos en marcha en Austria, en el Reino Unido, en México, y estamos empezando en Brasil. Y también quiero entender mejor qué intervenciones funcionan en el sistema sanitario: qué ocurre cuando se abarata o se subsidia la terapia hormonal, como ha hecho Irlanda, que es el primer país europeo en ofrecerla gratuitamente. Y ojalá algún día podamos hacer un gran ensayo en el lugar de trabajo que nos diga de verdad qué combinación de medidas produce resultados. A nivel político, el momento es interesante. En marzo participé como experta en una audiencia conjunta en el Parlamento Europeo sobre menopausia y economía. Cuando Irlanda asuma la presidencia en julio, con todo lo que ya han hecho en el país, puede ser el momento de impulsar algo a escala europea. Alguien en una reunión comentó hace poco que si los hombres sufrieran la menopausia, habría tratamientos en gasolineras, y no pude sino estar de acuerdo. Lo bueno es que ahora hay mujeres con poder en la investigación, en la política y en la financiación de la ciencia, que están empujando para que esto cambie. No estábamos en esta posición hace una generación. Así que, con todo lo que queda por hacer, soy optimista.

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