Decía el escritor y columnista José Luis Alvite que las citas son la envoltura social de lo que no es más que un instinto. Su frase no ha perdido vigencia, pero en los últimos años se le ha añadido una nueva capa al viejo arte del cortejo; una tecnológica, lúdica y capitalista que convierte el proceso de conocer a alguien en algo emocionante y adictivo. Hasta que deja de serlo. Las apps de citas han cambiado nuestra forma de relacionarnos. El primer estudio sobre percepción social del amor, que acaba de difundir el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), señala que el 82% de los españoles conoce las aplicaciones para ligar y que un 25% se ha abierto un perfil en ellas. El estudio Cómo las parejas se conocen y permanecen juntas, de la Universidad de Stanford, mostraba cifras aún más contundentes: más del 60% de las parejas actuales se conocen en línea, lo que marca un cambio radical respecto al pasado. Esto tiene un efecto eminentemente positivo: hoy en día es más fácil conocer a alguien y no se necesita la intermediación de amigos o salir a una discoteca para hacerlo. Pero este cambio tiene efectos colaterales y riesgos cada vez más evidentes.
Cuando en 2008 se empezaron a popularizar las primeras redes sociales, había cierto optimismo por parte de periodistas, sociólogos y políticos. Twitter iba a convertirse en un ágora pública, un contrapoder capaz de derrocar las dictaduras. Facebook era un lugar amable donde conectar con viejos amigos del instituto (antes de que esos viejos amigos del instituto se volvieran feroces antivacunas, fascistas, terraplanistas o una combinación de todo lo anterior). Hoy los gobiernos de medio mundo empiezan a poner coto a los desmanes de las plataformas, limitando su acceso a los menores e intentando controlar la desinformación y los discursos de odio. El viraje en la percepción social de estas plataformas ha sido total.
Las aplicaciones para ligar surgieron un poco más tarde. Grindr fue la primera, en 2009, pero era más minoritaria al estar dirigida a hombres que tienen sexo con hombres. El verdadero punto de inflexión llegó en 2013 con Tinder, a la que siguieron Bumble y Hinge. Para entonces, el público ya estaba más familiarizado con las dinámicas de las plataformas sociales, era menos naíf. Quizá por ello adoptó las aplicaciones con un mayor escepticismo. También hubo, desde el principio, mayores críticas y análisis de estas herramientas. Hay una ingente cantidad de literatura, ensayos y artículos científicos que hablan sobre los riesgos de estas plataformas y muchas personas que han ayudado a construir una teoría crítica de las nuevas formas de ligar. Una de ellas es Marita Alonso.
“Las redes y las apps de citas dominan la forma en que nos vinculamos; un ecosistema relacional donde reina la hiperconexión y la soledad, el individualismo y la pérdida de comunidad”, señala Alonso a raíz de esta reflexión. “En el caso de las apps, la crítica es más obvia por el mero hecho de que, si el objetivo fuera crear relaciones sólidas, serían un éxito como red social, pero un fracaso como negocio, porque entrarías, encontrarías a alguien y te borrarías la cuenta. Estas apps se benefician más de la desconexión que de la conexión”.
Marita Alonso es periodista, si lee usted frecuentemente EL PAÍS, seguramente le suene su nombre. Sus artículos suelen colarse entre lo más visto con frecuencia. Tiene Alonso una capacidad especial para hacer un análisis sociológico a partir de un detalle menor como la longitud de los calcetines, la verborrea etílica o el consumo de carne. Es como una socióloga de la frivolidad, combina en sus temas las tendencias sociales, los estudios académicos y las anécdotas divertidas. Y de entre todos los temas aparentemente pequeños (“que son los que de verdad te cuentan el mundo”) el que más le llama la atención es el amor. Por eso escribió, en 2017, Antimanual de autodestrucción amorosa. Por eso ha vuelto a tratar el tema en el recientemente publicado La Venus del smartphone.
Entre la publicación de uno y otro, tiene la sensación de que las tendencias se han exagerado, que las dinámicas tóxicas han ido a más y que la gente está más curtida, más desencantada. Las cifras parecen darle la razón. Según un estudio de YouGov en Reino Unido, más del 40% de usuarios dicen sentirse cansados o frustrados con el uso de apps de citas. El informe Online Nation 2024 de Ofcom muestra que su uso disminuyó significativamente entre 2023 y 2024, con una caída de casi el 16% en el uso de las 10 aplicaciones de citas más populares.
Los motivos son variados y sería precipitado señalarlos de forma rotunda, señala la experta. Pero hay pistas. “En El banquete, de Platón, se dice que cuando hay escasez es cuando emerge el deseo. En el mundo de las citas sucede lo contrario. Hay tanta gente que no sientes ya deseo, solo hastío”. Abrir Tinder y deslizar a izquierda o derecha puede acabar siendo monótono. Ver selfis en el espejo del gimnasio, fotos en resorts vagamente exóticos, atardeceres en la playa. Leer las biografías de gente que se define como sincebollista, muy fan de las croquetas, amigo de mis amigos; que tiene aficiones como viajar, ir a la playa o ver series.
Se llama sobrecarga de elección y es algo similar a lo que nos sucede ante el menú de Netflix o de HBO al ver un carrusel infinito de series y películas. En el año 2000, dos científicos del comportamiento lo explicaron con un experimento. En un supermercado pusieron 24 tipos de mermeladas en un estante. La gente miraba mucho (el 60% lo hacía), pero compraba poco (solo el 3%). Cuando redujeron las opciones a solo seis tipos de mermeladas, las tornas cambiaron. Paró menos gente (un 40%), pero compró mucha más (un 30%). Las personas no somos botes de mermelada ni series de terror ambientadas en los años ochenta, pero los perfiles sonrientes que aparecen en las apps tampoco son exactamente personas. Se produce al verlos una cierta desconexión, despojamos a los avatares de su naturaleza humana. Por eso en este ecosistema se normalizan actitudes que difícilmente se dan en el mundo físico, como el ghosting, el breadcrumbing, el zombieing…
Puede que todos estos anglicismos suenen innecesariamente modernos, pero más allá de las cuestiones lingüísticas son palabras importantes. “Se ha empezado a crear un léxico emocional muy rico e interesante, porque lo que no se nombra no existe y está muy bien que pongamos nombre a nuestras experiencias. Así podemos compartirlas y sentirnos identificadas en las de otras personas”, apunta Alonso. Muchos de estos neologismos nombran actitudes que han existido siempre. “Por ejemplo, el ghosting es el nuevo, ‘se fue a por tabaco y no volvió’”. Pero hay otras que han surgido o se han reforzado en el entorno de internet, con la sobreabundancia de citas tan normalizada gracias a las apps. Como explica la socióloga Eva Illouz, el sexo casual “debilita las reglas de la reciprocidad” y despoja al compañero de cama de su singularidad, así podrá ser rápidamente descartado y sustituido. Las posibilidades de repetir son tan inciertas que nadie se ocupa demasiado del otro. Ahora conseguir una cita puede ser tan mecánico y eficiente como pedir comida a domicilio. Y tenemos la misma responsabilidad emocional con el ligue que con el repartidor.
Un mundo de solteros exigentes
En Estados Unidos, el 41% de las mujeres y el 50% de los hombres de entre 25 y 34 años eran solteros en 2023, un porcentaje que dobla los datos de hace 50 años. La tendencia se observa en todo el mundo. Entre 2010 y 2022, la proporción de personas que viven solas (una definición imperfecta de la soltería, pero cuyos datos son más fáciles de encontrar) aumentó en 26 de los 30 países de la OCDE. En España, según el Censo de Población y Viviendas, había 660.000 personas viviendo solas en 1970, un 1,9% de la población. En el censo de 2025 había cinco millones y medio de hogares unipersonales, lo que representa el 27% de las casas. La tendencia es clara y sostenida en el tiempo. Cada nueva generación tiene menos probabilidades de estar casada o cohabitar con una pareja que las generaciones anteriores de la misma edad.
Esta crisis no solo afecta a las parejas estables y monógamas. Los jóvenes socializan menos, salen con menos personas y comienzan a tener relaciones sexuales más tarde que antes. En general tienen menos sexo. Se da la paradoja de que ahora que el sexo es más fácil de conseguir de lo que ha sido nunca en la historia, tenemos mucho menos. Los índices de actividad sexual han caído a su nivel más bajo desde hace 30 años. La tendencia es aún más acusada entre las nuevas generaciones, según reflejan cifras del Pew Research Center de 2020. Como dice la antropóloga Helen Fisher, “los mileniales son los nuevos victorianos” de la austeridad sexual.
No parece el mejor escenario económico para las grandes plataformas del sexo y el amor. Pero los números dicen otra cosa. En 2022, el mercado de las apps de citas estaba valorado en casi 8.000 millones de dólares, y la previsión es que roce los 14.500 millones de dólares para 2030. Es un pastel grande y hay pocos comensales. “El mercado de las apps de citas está controlado básicamente por tres empresas: Match Group, Bumble Inc y Grindr tienen el oligopolio del amor”, explica Inma Benedito, periodista económica y usuaria de estas aplicaciones. Puede que el usuario medio vea muchas más aplicaciones en la tienda de su móvil. Cambia el nombre, cambia la interfaz, pero el dinero va al mismo sitio. “Las personas de a pie pueden tener la percepción de que Tinder y Hinge son completamente diferentes, por ejemplo, pero ambas están bajo el paraguas de Match Group, que también es propietaria de OkCupid o Meetic”.
Benedito contó sus experiencias conjugando lo personal y lo sociológico en el libro Too match. Este diario de fracasos amorosos surgió de la plataforma Substack donde la autora narraba sus citas, desde el humor y la autoparodia. Pasó por casi todas. “Las diferencias tanto en el mecanismo como en la interfaz de todas estas apps son absolutamente intencionales”, explica. Pero superficiales. “Los mecanismos, interfaces y, si me apuras, algoritmos pueden ser diferentes, pero eso es solo el envoltorio. Debajo de todo eso hay un producto, y somos nosotras. En ese sentido, me temo que, por mucho que vayamos de una app a otra, somos los que estamos y estamos los que somos”.