Cuando se estudian juntas, paternidad y felicidad forman dos capas bien distintas. En primera línea están las noches en vela y los malabarismos financieros. Las negociaciones sin fin y los llantos a deshora. Las dudas acuciantes y los disgustos, reales o imaginados. El choque de bruces, una y otra vez, contra la evidencia de una libertad acotada.
Al mismo tiempo, de fondo tiende a instalarse algo sólido: la convicción de que ser padre o madre alberga un porqué elevado que justifica sus inconvenientes. Quizá sea el sentimiento de trascendencia. O la conexión orgánica del amor paterno-filial. O un desplome del ego, de esa terrible importancia que solemos darnos a nosotros mismos.
La investigación ha constatado en las últimas décadas la llamada paradoja de la paternidad. Hablamos de un fenómeno robusto que atraviesa edades y contextos culturales. Con matices, la pregunta que se plantean los científicos gira en torno a lo mismo: ¿Son más felices los padres y madres en comparación con aquellos que no tienen hijos? La respuesta es que depende. Entendida la felicidad como más tranquilidad y menos estrés diario, los niños están claramente contraindicados. Pero si se trata de asentar un propósito vital que perdure ante los vaivenes de la existencia, no parece mala idea traer hijos al mundo.
Nuevas publicaciones aparecidas en los últimos meses contribuyen a perfilar los entresijos de la felicidad de madres y padres. Aspiran a comprender mejor por qué los retoños trastocan tanto el bienestar cotidiano y, aun así, merece la pena tenerlos. De media, claro, con toda la casuística que uno quiera. Desde los padres o madres zen ante una pataleta hasta otros nada realizados por el hecho de serlo.
Un estudio con datos de 10 países, entre ellos España, tira de la Grecia clásica y distingue entre bienestar con foco hedonista (más emociones positivas que negativas) y otro con base en la eudaimonía (algo así como florecimiento virtuoso). La paternidad, concluye, aumenta levemente el segundo —sobre todo entre las mujeres— y deja casi inalterado el primero (lo cual contradice en parte la paradoja de la paternidad). Su autor, el profesor de psicología evolutiva Menealaos Apostolou, explica por videoconferencia que un factor determinante en ambos es la relación entre el padre y la madre. Es decir, los progenitores se sentirán mejor o peor dependiendo de cómo se lleven entre ellos (o con sus parejas, suponiendo que las haya), y no tanto por las dinámicas de la crianza.
Desde la Universidad de Berlín, Laura Buchinger enfatiza en otro estudio reciente lo que ha bautizado como desajuste de fertilidad: tener más descendencia de la que a uno le hubiera gustado. Padres que planearon (pongamos por caso) alumbrar un solo hijo y, por diversas circunstancias, acabaron con tres criaturas. Son ellos, ha hallado Buchinger, los que reportan menores niveles de bienestar. Entre el resto (gente sin hijos y padres que afinaron el tiro), las diferencias no son significativas.
Por cierto, en 2019 Christoph Becker se interesó también por variables cuantitativas. Pero en vez de en el cuántos, se fijó en cuándo suele cristalizar la plenitud del gozo paterno: al irse los hijos de casa. Sin la obligación de ocuparse de ellos y camino a la madurez, brota la esperanza de que nos darán alegrías y arrimarán el hombro cuando vengan mal dadas. Emancipados los críos, a los padres les toca, poniéndonos utilitaristas, disfrutar del retorno a la inversión.
La excepción escandinava
También desde el país germano, una investigación aparecida el pasado año corroboró la paradoja de la paternidad “con una muestra especialmente alta [43.000 individuos de 30 países europeos]”, subraya Ansgar Hudde, su autor principal. El fenómeno se replica en todas partes con una excepción: los países nórdicos, donde padres y madres son más felices tanto en el día a día como en un sentido más existencial. Para Hudde, el caso escandinavo tiene mucho que ver con “políticas públicas que allanan la paternidad: mejor conciliación, horarios laborales que terminan antes, facilidades para pedir una jornada reducida…”. Al otro lado del espectro se sitúan las madres del este de Europa en situación de vulnerabilidad. Es ahí donde la maternidad más descalabra la paz de espíritu. “Las condiciones económicas influyen mucho, sobre todo cuando, como es habitual en esos países, se supone que tienes que trabajar y además ocuparte de los niños y las tareas del hogar”.
Desde el Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, Ibone Olza sostiene que, a pesar de los avances, en España también sigue “recayendo más en las madres el cuidado de los niños”. Y suscribe que en tener hijos “hay una parte muy profunda de realización”, si bien “implica mucha renuncia y bastante sacrificio”, sobre todo en una sociedad “que no lo pone nada fácil en cuanto a ritmos para una crianza feliz”. Esta requiere, en su opinión, “presencia a un ritmo lento”.
Olza lamenta además que esté desapareciendo “la idea de comunidad como red de apoyo”, sustituida hoy por la “externalización: si te lo puedes permitir, pagar a alguien cuando tú no puedes estar”. Según ella, otro factor que explica los sinsabores de la paternidad y la maternidad es la “ausencia de experiencias previas de cuidado, ya sea a un anciano o una huerta”. “Criar es cuidar”, prosigue, “y antes esas experiencias nos ayudaban a tolerar mejor la frustración y a ser más flexibles. Ahora lo normal es llegar a la crianza sin haber cuidado nunca y con expectativas muy irreales”.
Susana Gacituaga, que en su gabinete de psicología ofrece una terapia específica centrada en la paternidad, cuenta que hay gente que acude a ella a modo de preparación para cuando nazca el hijo. “Les digo que esperen a que llegue la criatura, ya que ellos mismos van a cambiar y no importa mucho lo que puedan hacer previamente”. Gacituaga afirma que, al convertirse en padre o madre, uno “reconfigura sus prioridades y se le activan nuevos miedos”. Por así decirlo, nace otro individuo del propio nacimiento del hijo. “Pero la sociedad nos obliga a seguir siendo la misma persona, y eso produce un choque interno”.
En la consulta de Gacituaga suelen aflorar conflictos de pareja originados “en modelos de crianza opuestos que a su vez reflejan distintas formas de entender la vida y que se ponen de manifiesto cuando llegan los niños”. También abundan las quejas por las pequeñas o grandes preocupaciones que conlleva tener hijos a cargo. “Procuro hacerles entender y ayudarles a que descubran que detrás de todo esto hay algo que aporta un bienestar muy hondo”. A veces, continúa, integrar la paradoja de la paternidad implica “un trabajo profundo”. En esa introspección quizá se muevan cosas sorprendentes. Y que nos pueden hacer crecer como padres, madres o simplemente personas.